Parte 1: Cuando el deseo se vuelve prohibido

Los días siguientes fueron un torbellino. Cada clase, cada mirada sostenida, cada palabra con doble sentido me atrapaba más. Sabía que estaba mal, pero era imposible no esperar con ansias cada encuentro.

Una tarde, después de la última clase, él me detuvo en el pasillo.
— Helena… necesito hablar contigo.
— Aquí? — pregunté, nerviosa, mirando alrededor.
— No. Ven esta noche a la biblioteca.

El corazón me martillaba en el pecho. Podría haber dicho no, pero lo único que salió de mis labios fue:
— Está bien.

Parte 2: El encuentro en la biblioteca

La biblioteca estaba vacía, iluminada apenas por las luces amarillentas. Él me esperaba, sentado en una mesa, con mi cuaderno azul entre las manos.

— No deberías haberlo traído. — murmuré.
— Es tu voz. Tu verdad. — respondió, acariciando la tapa del cuaderno. — Y quiero conocerla toda.

Se levantó y se acercó lentamente. Cada paso suyo me robaba el aire.
— Helena… — susurró mi nombre como si fuera un secreto.

Parte 3: Confesiones en la penumbra

Me atreví a mirarlo a los ojos.
— Esto está mal. Si alguien descubre…
— Nadie tiene que descubrirlo. — interrumpió suavemente. — Yo tampoco lo planeé, pero ya no puedo detenerlo.

— ¿Y si nos lastimamos?
— El dolor sería no intentarlo.

Sus palabras me envolvieron como un hechizo. Cuando tomó mi rostro entre sus manos, no me aparté.

Parte 4: El beso prohibido

El beso fue inevitable. Lento al inicio, luego ardiente, como si quisiéramos recuperar todo el tiempo perdido. Su mano rozó mi espalda, y yo temblaba, pero no de miedo.

— Dime que no lo quieres y me detengo. — dijo con voz ronca, los labios aún rozando los míos.
No pude responder. El silencio fue mi confesión más honesta.

Y entonces lo besé de vuelta, con toda la fuerza de lo que había callado.

Parte 5: La elección final

Cuando nos separamos, estábamos sin aliento. Yo apoyé la frente en su pecho, escuchando los latidos descontrolados que se mezclaban con los míos.

— No hay regreso después de esto, Helena.
— Lo sé. — susurré, temblando. — Y aun así, no quiero detenerme.

Él sonrió con tristeza y deseo al mismo tiempo, acariciando mi cabello.
— Entonces es nuestro secreto. Entre líneas y suspiros.

Salí de la biblioteca con mi cuaderno azul apretado contra el pecho. Sabía que estaba cruzando un límite peligroso. Pero en ese momento, lo único que quería… era seguir escribiendo esa historia prohibida.

(Fin del Capítulo Final — ¿o tal vez el comienzo?)

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